Como han cambiado las cosas, como han cambiado los tiempos, cuantas cosas yo recuerdo de mi querido pueblo.
Recuerdo cuando jugaba en sus calles, en su plazoleta de la iglesia y como mi hermana salió señalada de ella, una brecha en la barbilla hoy aun lo recuerdo.
Las torres con el misterio de su castillo, ya desaparecido, del que solo podíamos ver al igual que hoy, algunos torreones de tierra que han quedado viendo el paso de los años; escondite perfecto para juegos, como también lo era la hera de mama Claudia. Al llegar del campo donde vivía, era lo que más me gustaba, jugar en ella con mis primos, que los veía de tarde en tarde.
Jamás se me olvidare de las mujeres con el cántaro en la cabeza, con un rodillo hecho de tela muy apretada, para que no les hiciera daño, así las manos las tenían libres para poder llevar el botijo con otra poco agua para la casa, las fuentes que había en el pueblo eran fuente Honda, los Helechos, pozo del Oro y las Fuenfrías.
Recuerdo la tienda de Javier, en la que podíamos comprar algunas golosinas o la de “la Marina,” la de Morales estaba más lejos, a esa iba con mi madre. No puedo dejarme atrás el kiosco de “La Inés y del Sacristán” con los mejores garbanzos tostados que he comido nunca, también los vendían por las calles, los servían en unos cucuruchos hechos de papel. En el kiosco los ojos se me iban a los juguetes que colgaban de la pared. Un año para navidad fui con mi madre y mi tía Josefa “la de la plaza” y ¡jolín! Me quede helada de ver cuántas cosas había allí, al verlas le dije a mi madre “mama quiero una muñeca para Reyes,” yo insistía y mi madre no me decía nada, al final me dijo, “bueno ya veremos” yo sabía que, el ya veremos, era que no se podía gastar ni una peseta en juguetes ya que lo primordial era que comiéramos y nos vistiéramos. Yo me conforme, pero no dejaba de pensar en la muñeca, con ese color en las mejillas que me llamó tanto la atención, también el azul de sus ojos y lo grande que era. Llego el día de los Reyes y me echaron la muñeca que tanta ilusión me había hecho , gracias a mi tía Josefa que la compro y se la dio a mi madre para tuviera Reyes, ese día está loca de alegría, no me lo podía creer que fuera mía la muñeca, me duro lo justo de un día solo, lo primero que hice fue irme al patio a jugar con ella, allí tenía mi madre el baño de cinc para lavar la ropa y decidí que la quería bañar a la muñeca. Bien, lo que nadie me dijo es que era de cartón y no podía mojarla, así término mi muñeca de un día solo. Llore sin consuelo pero ya no había remedio, no me lo creía, solo la miraba y lloraba con más ganas, no entendía nada.
Vi segar el trigo y cebada, también vi la era y sus mulos enganchados en el trillo pisando la parva, los hombres esperando el aire para levantar la parva. Ya no se ven segadores, los jóvenes ya no trillan, todo aquello se ha perdido, nada queda hoy en día, solo los aperos colgados en los cortijos decorándolos.
También recuerdo la fiesta del pueblo con sus casas recién encaladas, las vecinas en las puertas de sus casas sentadas, tomando el fresco de la tarde, mientras, los niños y niñas jugábamos, nuestra única preocupación.
Como han cambiado los tiempo, de un forma extraordinaria. Cuantas cosas se han olvidado, tantas y tantas modas.
La verdad es que pienso en esos años y no veo nada que me recuerde preocupaciones de ninguna clase a pesar de la escasez que había de muchas cosas, seguro que los recuerdos de mis padres y demás vecinos eran muy distintos a los míos, yo era solo una niña que solo quería jugar y pasarlo bien.
Una mujer que siempre recordaré era Leoncia, lo que me llamaba la atención lo alta que era, ahora pienso en ella y seguro que media dos metros y la verdad, es que parece que la veo, alta, muy delgada, con un pañuelo negro en la cabeza también era negra toda su ropa, solo un delantal de cuadros grises era el toque de color, el pelo lo tenía blanco y se hacia un moño bajo con él, esta mujer no tenía hijos, era vecina de mi madre, ella vivía una casa más arriba de la de mi madre, en verano se sentaba en la fresca en una silla y yo escuchaba a mi madre que le decía ¿qué Leoncia, tomando el fresco? Y ella le respondía “si Elena, aquí sentada un rato” y así se quedaban charlando un rato.
Como han cambiado las cosas, como han cambiado los tiempos, cuantas cosas yo recuerdo de mi querido pueblo.
domingo, 9 de enero de 2011
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